Concepto 01
Apolíneo y dionisíaco
Cuando alguien usa hoy estas dos palabras, casi siempre quiere decir razón contra pasión, orden contra caos, el que planifica contra el que se manda. Y casi siempre da a entender que Nietzsche estaba del lado del caos.
Las dos cosas son inexactas. Lo apolíneo y lo dionisíaco no son dos bandos entre los que hay que elegir. Son dos fuerzas que, según Nietzsche, produjeron lo mejor que hizo la humanidad exactamente cuando se juntaron. Su tema no es la pelea. Es la mezcla.
El adversario
El libro donde aparece esta idea es el primero que publicó, El nacimiento de la tragedia, en 1872, y estaba escrito contra una imagen de Grecia que en la Alemania culta era casi religión.
Esa imagen la había armado un siglo antes el historiador del arte Winckelmann: los griegos como el pueblo de la serenidad, la medida, la armonía. Mármol blanco, proporción, calma. Toda la educación clásica alemana —incluida la que Nietzsche había recibido en Schulpforta— descansaba en esa idea.
Nietzsche, que se pasaba el día leyendo a los griegos en griego, pensaba que era falsa. Los griegos que él conocía sacrificaban animales, se emborrachaban en rituales de noche, escribían tragedias donde un hombre se arranca los ojos. No eran serenos. Eran gente que había mirado de frente lo espantoso de la existencia y había inventado una forma de soportarlo.
Las dos fuerzas
Nietzsche les puso a esas dos formas el nombre de dos dioses.
Apolo es el dios de la luz, la forma, el sueño, la escultura. Lo apolíneo es todo lo que da contorno: la línea que separa una cosa de otra, el individuo que se sabe distinto de los demás, la imagen bella que se mira a distancia. Es la fuerza que dice esto es esto y aquello es aquello, y que hace del mundo algo que se puede contemplar sin que duela.
Dionisos es el dios del vino, la música, la embriaguez, el éxtasis colectivo. Lo dionisíaco es la disolución del contorno: la multitud que canta y deja de ser individuos, el borracho que se siente uno con todo, el dolor y el placer mezclados hasta no distinguirse. Es la fuerza que dice no hay separación, todo es lo mismo y lo mismo es terrible y maravilloso.
Ninguna sirve sola. Lo apolíneo puro es un mundo de estatuas: bello y muerto. Lo dionisíaco puro es el desmembramiento: uno se pierde y no vuelve. Los griegos, según Nietzsche, encontraron la manera de tener las dos a la vez, y eso fue la tragedia: un coro dionisíaco que canta la disolución, y arriba, en el escenario, figuras apolíneas que le dan forma a ese canto para que se pueda mirar.
Un ejemplo
Un recital. Cualquiera, de cualquier música que te importe.
Hay un momento en el que la multitud canta el estribillo, las luces hacen lo suyo, y uno deja de ser una persona con problemas para ser parte de un cuerpo enorme que respira junto. Eso es dionisíaco, y si lo pensás bien, es un poco aterrador: en ese estado uno haría cosas que no haría solo.
Pero eso solo es posible porque hay un escenario, un músico que marca el compás, una canción con principio y fin, una estructura que contiene el desborde. Eso es apolíneo. Sacá la estructura y no tenés un recital, tenés una estampida. Sacá el desborde y tenés un examen de conservatorio.
Lo que Nietzsche vio en la tragedia griega es lo que cualquiera puede ver en una buena noche: que la forma no está para impedir la intensidad. Está para hacerla habitable.
Quién mató la tragedia
La segunda mitad del libro cuenta cómo se perdió eso, y ahí aparece el primer gran adversario de toda la obra de Nietzsche: Sócrates.
Con Sócrates —y con Eurípides, el dramaturgo que según Nietzsche escribía bajo su influencia— entra en Grecia una idea nueva: que todo se puede explicar, que lo que no se entiende no vale, que la razón puede resolver la vida. Sócrates es el hombre que quiere que todo sea claro, y para eso tiene que negar lo dionisíaco. Con él, la tragedia muere y nace el optimismo teórico: la fe en que pensar bien alcanza.
Nietzsche va a pelear contra esa fe durante toda su vida. Este libro es el primer asalto.
Qué quedó en pie
Como filología, el libro fue un fracaso y Nietzsche lo sabía. Los especialistas lo rechazaron en el momento, con razones: no tenía notas, no discutía las fuentes, inventaba una cronología a medida, y el último tercio era propaganda de Wagner disfrazada de historia antigua. En 1886 él mismo le agregó un prólogo donde lo llamó un libro imposible, mal escrito, pesado, y sin embargo lo defendió en lo esencial.
Lo esencial resistió mejor de lo que parecía. La idea de que los griegos no eran serenos sino gente que enfrentó el horror con formas, y de que lo irracional —el rito, el éxtasis, el culto— es central en su cultura y no un residuo primitivo, fue confirmada por la investigación posterior. Cuando el helenista E. R. Dodds publicó en 1951 Los griegos y lo irracional, un libro hoy clásico, estaba desarrollando con rigor lo que Nietzsche había intuido sin él.
El par apolíneo/dionisíaco, además, se escapó de la filología y se instaló en la crítica de arte, en la teoría de la música, en la antropología —Ruth Benedict lo usó en los años treinta para clasificar culturas— y en el idioma común, donde llegó bastante deformado.
Lo que no resistió es la versión inicial de Nietzsche de que Wagner era el renacimiento de la tragedia. Eso lo abandonó él mismo, con una violencia proporcional a la fe que había puesto.


