Concepto 01
El retorno a Freud
Suena a nostalgia. A un movimiento conservador: volvamos a los textos originales, a la pureza, a lo que el maestro dijo antes de que lo deformaran. Y Lacan usó ese tono a veces, sobre todo cuando atacaba a los americanos.
Pero un retorno a Freud hecho por Lacan no es una lectura fiel. Es una lectura que le cambia a Freud el idioma en que pensaba. Lo que vuelve no es Freud: es un Freud traducido a algo que Freud no conocía.
Lo que había en Freud
Freud era neurólogo y pensaba como uno. Su modelo de la mente era energético: hay una cantidad de excitación que busca descarga, hay represión que le cierra el paso, hay síntomas por donde la energía sale igual. El inconsciente era, para él, una zona de la psiquis con sus propias leyes, pero una zona: un lugar, casi un órgano.
Y hacia el final, Freud escribió una frase que se volvió el lema de sus herederos americanos: donde ello era, yo debo advenir. Se la leyó como un programa: que el yo, la parte consciente y racional, conquiste el territorio del ello, lo pulsional. El análisis como colonización de lo salvaje por lo civilizado.
El adversario
Eso es lo que Lacan encontró cuando empezó: un psicoanálisis que se había vuelto una pedagogía del yo. Los analistas de Nueva York —Hartmann, Kris, y Loewenstein, el propio analista de Lacan— hablaban de una parte del yo libre de conflictos, de adaptación a la realidad, de madurez. El paciente ideal era el que terminaba el análisis parecido a su analista: casado, productivo, razonable.
Lacan vio en eso dos problemas. El primero, político: un psicoanálisis que adapta a la gente a su sociedad es una policía amable. El segundo, teórico, y más grave: Freud había descubierto que el yo es una construcción imaginaria, un montón de identificaciones pegadas, y no una instancia de la verdad. Fortalecer el yo era fortalecer la ilusión.
Qué hizo Lacan con eso
Tomó la frase de Freud y la dio vuelta. Donde ello era, yo debo advenir, no quiere decir que el yo conquiste al ello. Quiere decir que ahí donde eso habla —el inconsciente, lo que se dice sin querer—, el sujeto tiene que llegar a reconocerse. No el yo: el sujeto. Y en Lacan esas dos cosas son distintas y casi opuestas. El yo es la imagen que uno tiene de sí. El sujeto es el que habla desde abajo de esa imagen y no coincide con ella.
Y para leer ese sujeto, Lacan fue a buscar herramientas fuera del psicoanálisis: la lingüística de Saussure y Jakobson, la antropología de Lévi-Strauss, la lógica, más tarde la topología. Su retorno a Freud fue, en los hechos, una reconstrucción de Freud con materiales de los años cincuenta.
Un ejemplo
Imaginá a dos analistas que escuchan al mismo paciente decir: no sé por qué, pero siempre termino con parejas que me tratan mal.
El analista del yo escucha una debilidad a corregir: el paciente no evalúa bien a la gente, hay que ayudarlo a elegir mejor, a poner límites, a madurar. El objetivo es que la próxima vez elija distinto.
El analista lacaniano escucha otra cosa: siempre termino, me tratan. Escucha que el paciente se describe como el que padece, y se pregunta desde dónde está hablando cuando se describe así. No para corregirlo. Para que él mismo escuche lo que acaba de decir, y quién, en él, lo dijo.
El primero quiere un yo más fuerte. El segundo quiere que aparezca el sujeto que estaba escondido detrás del yo. Esa diferencia es todo el retorno a Freud.
Qué quedó en pie
La crítica a la psicología del yo tuvo razón, y hoy casi nadie la defiende como se la formulaba en los años cincuenta: ni siquiera sus herederos. La idea de que el análisis es una adaptación a la realidad quedó como un ejemplo de cómo una técnica puede volverse una moral.
Lo que es discutible es la palabra retorno. Los historiadores del psicoanálisis coinciden en que Lacan leyó a Freud con una libertad enorme, tomando lo que le servía y descartando lo que no —la biología, la energética, buena parte de la teoría de las pulsiones tal como Freud la escribió—. Que eso sea una traición o una fidelidad más profunda depende de qué se piense que es la fidelidad. Lacan diría que la única fidelidad posible a un pensador es hacerle decir lo que todavía no había dicho. Es una posición defendible, y también la coartada perfecta para hacer lo que uno quiera.
Y quedó algo que no es teoría: el gesto. Leer un texto fundacional en voz alta, en público, durante décadas, contra la lectura oficial, hizo escuela. Buena parte de la filosofía francesa posterior es eso: retornos a Marx, a Spinoza, a Heidegger, hechos con el método que Lacan inauguró con Freud.


